Ser niño en Haití significa no perder la esperanza

Escribe Virginia Pérez, especialista en Protección Infantil El sol calienta con justicia a cualquier hora en Puerto Príncipe, pero sobre todo al mediodía, justo cuando me bajo del coche en la Plaza Campo de Marte. La primera visión es la del Parlamento derruido. La segunda visión es la de la plaza inundada de tiendas de campaña y pequeños albergues improvisados con maderas, telas, cuerdas, hierros… La tercera visión es: ¡“niños jugando”! Sí, a ritmo de bachata, en un pequeño espacio entre tiendas y letrinas.

Esta misma imagen, en cualquier rincón de España, no tendría nada de especial, pero en Haití es una proeza y una fuente de esperanza. Todos los niños allí presentes han perdido a algún familiar, y aún así sonríen; todos esos niños han perdido sus casas, y aún así sonríen; su baño es una letrina común en medio de la calle, y aún así sonríen. Les rodea el desorden, escombros, casas caídas, y aún así siguen adelante, siendo niños. Y “ser niño” significa no perder la esperanza. “Niños jugando” significa “niños protegidos” contra la violencia, el tráfico, el abuso y la explotación; significa que los niños están protegidos en el corazón de sus familias y sus comunidades, que es el entorno ideal para los más pequeños. Niños jugando significa que mis horas de trabajo sin fin bajo el calor de la tienda de campaña tienen sentido, tienen una recompensa de un valor incalculable.