Miseria y esperanza

Llegamos a la oficina agotadas, muchas sensaciones en un solo día. En la modesta sede de la ONG Lumière, nos entrevistamos con Margerite, su presidenta, a la que todos conocen como “mama Lumière”. En el año 2000, después de que muriera su padre, decidió poner su tiempo y su dinero a disposición de los niños huérfanos y vulnerables a causa del VIH/SIDA, después de que comprobara en el sepelio que una de las tres esposas de su padre, se quedaba sin nada, junto a sus hijos pequeños.

Desde entonces, apoyada por otras ONG, como las que lideran el matrimonio Anguilé, ambos seropositivos, que son unos auténticos defensores de los derechos de los enfermos de SIDA, trabaja junto a un grupo de voluntarios para detectar a los niños en situación vulnerable, intentar que les acojan sus familiares y ayudar a estos en la medida de sus posibilidades. De momento, 20 familias han conseguido autofinanciarse, con la prestación altruista de “mama Lumière”. Por eso las familias la están tremendamente agradecidas, en medio de su miseria extrema. Con ella visitamos a la familia de Nguema, un joven de 30 años que vive junto a 21 miembros más de su familia, entre hijos y sobrinos, que han quedado huérfanos por el SIDA, en una habitación de apenas 15 metros, por la que pagan, a duras penas,10.000 francos gaboneses, el equivalente a 15 euros al mes, que la mayoría de las veces, les cuesta reunir. Ahí duermen todos, 12 niños y 10 adultos, cocinan, cuando hay algo que cocinar y se asean. Nguema, el cheff de la familia, como se presenta, es profesor y trata de enseñar en la medida de lo posible a algunos de los niños que no van al colegio porque no hay dinero para conseguir material escolar para todos. Ahora trabaja como chófer, pero no hay trabajo todos los días. Así que no todos los días puede llevar comida a casa. A veces pasan hasta dos días sin nada que echarse a la boca, aunque procuran al menos haya algo de leche para los niños. Unas 500 personas, según mama Lumière, viven en esta situación en la capital de Gabón, 300 en condiciones extremas. Es el caso de la otra familia de acogida que visitamos, una familia matriarcal, presidida por la abuela, que integran 28 miembros, la gran mayoría mujeres, 18 hijos (de los que tres han muerto a causa del VIH/SIDA y una está enferma) y 10 nietos, a los que la ONG les paga el colegio. Han preparado arroz para comer, lo compran a crédito, pero pueden pasarse hasta cuatro días sin probar bocado.Al SIDA le llaman el mal, porque la enfermedad sigue siendo un tema tabú y cuesta llamarlo por su nombre. De entre las 50.000 y 60.000 personas que se estima que están afectadas en Gabón, no llegan a 10 las que lo reconocen abiertamente, como el matrimonio Anguile. Para avanzar en el diagnóstico de los test y proceder al tratamiento, en el centro virológico de la Facultad de Medicina, se lleva a cabo un trabajo estupendo, en el que se cuenta con diferentes aparatos aportados por UNICEF. Nos recibe la directora, Angélique Ndjoyi, una gabonesa que estudió en Canadá y volvió a su país “porque aquí hay muy pocas personas que puedan ayudarles”. No hay tiempo para la comida, en el Liceo Nacional Léon Mba nos espera un clase que ha preparado una sesión especial. Janvier y Dina, dos de los 82 jóvenes que recibieron el pasado septiembre la formación como pares educadores a través de UNICEF, exponen a sus compañeros la importancia del test del SIDA y tratan de echar por tierra falsos tabúes sobre esta enfermedad que aún para muchos de los presentes, es cosa de mayores. Este tipo de sesiones son tremendamente productivas, no sólo para ellos, sino por la repercusión que tiene también entre el entorno de los alumnos y sus familias.Volvemos a UNICEF, cargadas de más emociones. Mañana nos espera un día intenso, el último en Gabón.