Miradas que dan sentido a nuestro trabajo

Por fin hemos podido poner cara a los proyectos. Las esperas, la expectación, el trabajo diario, de repente toman sentido, con caras, nombres y apellidos, los de los beneficiarios de los dos centros que visitamos esta tarde, ambos apoyados por UNICEF Gabón. 

Finalmente, la demora del permiso ha sido interpretada por la oficina como una negativa y Sandra y Carmen volverán esta noche a España. EnArc en Ciel, el primero de los centros que visitamos, los niños nos reciben alrededor de una gran mesa, en la que realizan las actividades. Sor Rita Ada, hermana carmelita y directora del centro, sale a darnos la bienvenida, junto a Christofhe Deschand, el director adjunto que trabaja voluntariamente para el centro. Ambos hablan perfecto español y han preparado a los niños para que nos den las “buenas tardes”. El centro fue levantado en 1998 por Manos Unidas  y desde junio de 2008 se gestiona gracias a un convenio firmado entre la congregación de las hermanas carmelitas de la Caridad y UNICEF. Actualmente cuenta con 17 chicos y chicas, la mayoría varones, cada cual con una historia de vida poco afortunada. Algunos son más tímidos, otros no tienen ningún problema en contarnos cómo llegaron hasta Arc en Ciel. Frederic, con 16 años, es el más veterano. Lleva tres en el centro, después de pasar cinco años en las calles de Libreville. “Lavaba coches – nos cuenta-, me buscaba la vida como podía… Hacía de todo menos ir al colegio”, hasta que los educadores sociales le encontraron y le hablaron del centro. “Al principio tenía miedo, creía que eran policías, pero supe que mis amigos venían y pensé que no podía ser tan malo”. El centro funciona en buena medida gracias a los voluntarios, a un presupuesto variable y en todo caso insuficiente y a aportaciones como la que acaban de llevar tres niños de un colegio de la ciudad, para que Sor Rita compre galletas para el centro. Junto a la hermana, trabajan a diario, educadores, trabajadores sociales y psicólogos. Muy cerca de Arc en Ciel está en centro de acogida la Esperanza, recién rehabilitado por UNICEF, para albergar a las niñas que no vuelven a dormir a sus casas. Hoy sólo está Rebeca, la semana pasada, sus dos compañeras del centro fueron repatriadas a sus países. Ella es de Libreville, la encontró Sor Rita de camino al consultorio médico, una madrugada de hace tres semanas. Aún está asustada, tiene una mirada profunda, de adulto, de esas que reflejan que ha vivido experiencias por las que no debería pasarse a ninguna edad, mucho menos una niña. El centro es, desde hace tres semanas, un oasis para ella. Cogemos los coches y nos dirigimos a Agondje, a las afueras de la ciudad. De camino pregunto a Michel, el asistente de protección en UNICEF Gabón, cual es la diferencia entre ambos centros. Me pide que espere cinco minutos para verlo con mis propios ojos y efectivamente basta con que se abra la verja de entrada para darnos cuenta que Agondje es un hogar con más recursos, dependiente del Ministerio de Asuntos Sociales. El centro tiene dormitorios para los niños, para las niñas y para los bebés, refectorio, cocina, sala de actividades… Es un hogar en toda regla, capitaneado por el director, al que los residentes llaman “papá”; son una gran familia. No tienen personal suficiente, pero los más mayores ayudan a los más pequeños. Permanentemente, en el centro viven una enfermera, un educador y un trabajador social. Su día a día es devolver al niño la dignidad de serlo. La de Séfora, una niña que sufría malos tratos en su casa porque consideraban que estaba embrujada, es ayudarla a conseguir su sueño. “De mayor quiero ser médico -nos cuenta- para curar a los niños enfermos”. Son casi las 6, hora de la merienda, los biberones de los bebés están preparados y para el resto, hay leche con chocolate y pan. Son niños privilegiados porque comen tres veces al día, van al colegio, están atendidos y, sobre todo, sienten lo más parecido al calor de un hogar, que en ocasiones deja bastante que desear… Les dejamos merendar tranquilos, aunque ellos no quieren que nos vayamos. Uno de ellos, de hecho, se ha montado en el coche para venirse con nosotros, nos promete que si hace falta hablará español. Terminamos el miércoles, al filo de la medianoche, en el aeropuerto despidiendo al equipo de Telecinco. Es la nota agridulce de un día cargado de emociones.