COP30: los niños y niñas de Filipinas y Caribe pagan el precio más alto de la crisis climática
La mitad de la infancia del planeta vive en países en riesgo extremo por el caos climático.

18/11/2025
Mientras la COP30 llega a su fin en Brasil, y crecen las dudas sobre el compromiso real de los países para mantener el calentamiento global por debajo del límite crítico de 1,5°C, en muchas partes del mundo la crisis climática no es un debate. Es una realidad que golpea con fuerza, una y otra vez, a las comunidades más vulnerables.
Este año y el pasado hemos visto un encadenamiento de desastres sin precedentes, muchos de ellos también aquí en España: incendios que arrasan regiones enteras, olas de calor que causan muertes, inundaciones que arrasan vidas y destrozan poblaciones, supertormentas que destruyen infraestructuras y empujan a millones de personas a empezar de cero, y sequías que dejan a otras tantas sin saber qué comerán al día siguiente. Y los niños y las niñas, principalmente aquellos que viven en situación de pobreza, pagan siempre el precio más alto.
UNICEF estima que la mitad de la infancia del planeta vive en países en riesgo extremo por el caos climático. Los más pequeños y pequeñas, con sus sistemas orgánicos aún no desarrollados del todo, son mucho más vulnerables que los adultos ante el calor extremo, la contaminación, las enfermedades transmitidas por el agua o los desplazamientos forzosos que vienen a raíz de las consecuencias del calentamiento global.
Y detrás de cada fenómeno extremo hay vidas fracturadas y años de progreso social reducidos a escombros.
Filipinas y el Caribe: vidas truncadas por el caos climático
Estas últimas semanas vimos ejemplos muy concretos, como es el caso de Filipinas: más de 20 tifones en lo que llevamos de año. Uno detrás de otro. Cuando el país apenas empieza a recuperarse del último impacto, llega el siguiente. El último, el supertifón Fung-wong, que asoló el país hace poco más de una semana, ha afectado a más de 5 millones de personas (1,7 millones, niños y niñas) dejando hogares destruidos, escuelas cerradas y miles de familias desplazadas. El impacto es enorme, y los riesgos de enfermedad, desnutrición y falta de acceso a la educación y otros servicios esenciales también.
A miles de kilómetros, en el Caribe, la historia se repite
Tres semanas después del huracán Melissa, casi medio millón de niños y niñas siguen sin poder ir a clase en Cuba, Haití y Jamaica. El huracán también ha afectado a miles en República Dominicana. En total, unos 700.000 niños y niñas en los cuatro países. Las inundaciones arrasaron escuelas y servicios básicos, obligando a muchos a estudiar (cuando pueden) en espacios improvisados, sin condiciones adecuadas. El agua y el saneamiento son una de las grandes necesidades ahora mismo.
Pese a los recortes brutales, nuestra respuesta debe seguir
Todo esto ocurre en un momento en el que los recortes brutales a la cooperación internacional y la ayuda humanitaria dificultan aún más una respuesta adecuada.
Aun así, el trabajo no se detiene. En Filipinas, UNICEF garantiza agua potable para miles de familias y crea espacios temporales para que la educación continúe, además de distribuir ayuda en metálico a las familias más afectadas. Este año, después de las diferentes emergencias, ya hemos podido llevar agua limpia e higiene a unas 4.000 familias, servicios de salud a más de 5.000 personas, educación a casi 10.000 estudiantes y nutrición (crítica para salvar vidas) a más de 1.200 niños y niñas.
En el Caribe, UNICEF está suministrando materiales educativos, montando aulas temporales, apoyando la rehabilitación de escuelas y ofreciendo apoyo psicosocial a los niños y niñas más afectados. El objetivo es llegar a más de 2 millones de personas con agua, higiene y saneamiento, y a unas 700.000 con servicios de salud.
Abordar la raíz del problema
Todo esto es vital, pero no será suficiente si no abordamos la raíz del problema. Mientras en la COP30 se discuten compromisos, financiación y metas, la realidad en Filipinas y el Caribe nos recuerda algo básico: no podemos permitirnos esperar.
Exijamos políticas climáticas que pongan la infancia en el centro, reduciendo emisiones con ambición real, garantizando una financiación suficiente y sostenible, protegiendo los derechos y necesidades de niños y niñas, e incluyendo a la infancia en las mesas de debate y toma de decisiones.
La crisis climática es ya una crisis de derechos de la infancia.
Y no podemos mirar hacia otro lado.
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