El doble escenario de República Dominicana

Pilar Orduña García es Asistente de Desarrollo Integral Infantil en Santo Domingo, República Dominicana. Hoy es 17 de abril y acabo de cumplir ya seis meses en República Dominicana. Al principio, lo confieso, el destino en el terreno de mi beca en UNICEF me dejo perpleja… “¿¿Republica Dominicana??” me lo repetí varias veces hasta que, buscando la aprobación de una de mis compañeras, a la que destinaban a Perú, ella miró de reojo mi TOR y asintió: “sí, sí… Dominicana… ¡menuda suerte guapa!”.

La verdad es que en esos momentos no alcanzaba a saber cual podía ser mi función en las oficinas de un país, en el que todo me sonaba a resorts, playas, paraíso, pulseritas de todo incluido y algún anuncio publicitario de ron. Tuve la suerte de poder contactar con las tres compañeras que se encontraban en el país, y por ende en las oficinas trabajando en lo que pronto para mi seria mi rutina. Compartir con ellas mis absurdas dudas de principiante me sirvió para empezar a configurar en mi cabeza los primeros esbozos de cómo era el país y la ciudad a la que volaría en cuestión de semanas. Creo, no obstante, que es importante no conocer todos los detalles de un nuevo destino, sino guardar una parte para construirla cada uno in situ, desde cero para poder sorprenderte y analizar las cosas desde uno mismo. Para, en definitiva, vivir nuestra experiencia con la mayor intensidad y no dejarnos llevar por los típicos tópicos que a todos nos terminan por obnubilar. El caso, es que este país de ensueño, de paisajes de postal no ha dejado de sorprenderme, mostrándome las mil caras más que se esconden tras Punta Cana y Bávaro. Mi labor se centra en el área de Desarrollo Integral Infantil. Os lo resumiré diciendo que hago un poco de todo, aunque que sé que es muy poco aclarador. Para que os hagáis una idea, a los días de mi llegada el cielo inmaculado azul del país se tornó en un color grisáceo y empezó a llover, y a llover, y a llover hasta el punto que el país se declaró en emergencia y supimos que lo que teníamos encima se llamaba “Noel”, una tormenta tropical que pocas semanas después se siguió con otra,“Olga”, y que dejo el país patas arriba. No había tenido tiempo de salir de Santo Domingo; prácticamente ni de conocer otras calles que no fuesen las que me quedaban de camino a la oficina. Pero en ese momento, salimos a terreno a conocer el estado de las comunidades y tuve la oportunidad de empezar a moverme por el país. Ese puedo decir que fue el primer contacto real con la población y el país dominicano, que tenía poco que ver con las imágenes acostumbradas. Más bien, no tenía nada que ver. Visitamos decenas de escuelas, pabellones que se habían convertido en refugios, donde vivían temporalmente cientos de personas que se habían quedado sin nada, sin comida, sin colchón, sin ropa, sin casa… Los primeros meses de mi llegada, los pasé prácticamente en torno a la emergencia, como es obvio, el país estaba suspendido completamente. Nos dedicamos a preparar kits de emergencia desde UNICEF, con alimentos, con pañales, con materiales para las escuelas, incluso se emprendió la construcción de carpas-escuela, ya que varias escuelas habían desaparecido completamente del paisaje. Poco a poco, con la calma que caracteriza la región del Caribe, las cosas fueron recuperando su ritmo y, aunque no por completo, de nuevo en la oficina fuimos recuperando la rutina. En esos momentos UNICEF estaba apoyando una diplomatura en “Roles de la familia en el Desarrollo Integral Infantil” y estaba a punto de concluir, tuve la experiencia de poder estar en la defensa de las tesinas y de asistir a la clausura del mismo. Es un programa muy interesante destinado a concienciar a los maestros, familias y comunidades de la importancia de los niños especialmente de 0 a 5 años. También, en las mismas fechas, en el país se conformaba una “Mesa Consultiva de Primera Infancia” en la que UNICEF junto con las ONGs, instituciones gubernamentales y demás actores involucrados en la infancia sentaban los cimientos de un nuevo órgano encargado de velar por los mas pequeños del país. Tuve la oportunidad de conocer las reuniones de alto nivel y de poder trabajar en los documentos base de lo que, estoy segura, no tardando mucho será un gran paso para la infancia del país. Ahora me encuentro dando seguimiento a un programa que se inició hace ya más de un año, en el que UNICEF dotó de materiales a centros educativos de todo el país, para mejorar la calidad de la enseñanza de los mismos. Es una de las partes que más me gusta de mi trabajo. Salir a terreno es, sin duda, la forma más fácil y real de conocer cómo funciona la vida dominicana. El monitoreo me ha permitido conocer una decena de provincias y municipios del país y, sobretodo, acercarme a casi 50 escuelas donde la infancia tiene cara, nombre y apellidos.

Es muy enriquecedor, aunque también muy decepcionante. El panorama a veces, de escuelas con goteras, sin baños, con pizarras desgastadas, a menudo sin sillas suficientes para todos… te deja un sabor amargo y sobre todo un sentimiento de impotencia frente a un Estado que no destina sino una miseria a Educación (Republica Dominicana es el segundo país de America Latina –el primero es Haití- que destina la menor parte del presupuesto del Estado a educación). Sin saber, o sin querer saberlo, que en definitiva invertir aquí es, sin duda, invertir en el futuro. Dominicana es un país complejo, la riqueza y la pobreza se dan la mano a cada rato; en una esquina se puede cruzar la imagen de una limousine o de un gran jeep que avanza en la misma calle donde un joven desaliñado y descalzo rebusca en la basura, puedes pasar en 20 minutos de un paisaje de techos de zinc a unas casas de primera con vistas al mar. Yo creo que nunca conseguiré habituarme a este doble escenario, ni a otras muchas cosas que suceden en el día a día mientras los gobernantes se empeñan en mirar a otro lado, como si no fuese con ellos la cosa. Pero sin embargo, me siento útil aquí, porque creo en el trabajo que hago y eso es sin duda la mejor recompensa. Aunque a veces me desespero con las eternas reuniones y los inalcanzables plazos en los que transcurren las cosas, siento que la labor de UNICEF y en definitiva mi compromiso estando aquí, dentro de la agencia, apoyando a la infancia dominicana, es la mejor manera de poner mi pequeño granito de arena para mover las tuercas en otro sentido, en otra dirección, hacia un país (y en definitiva un mundo) más de todos, más de los niños y niñas.