Despedida

El último día amanece lluvioso en Libreville, se aproxima la temporada de lluvias y aquí cae torrencialmente, como si el cielo se fuera a romper. Tememos por un momento que no podamos llegar al pueblo de pescadores, pero nos respeta el tiempo y visitamos a la familia de Sami, guiados por Michel, el chófer de UNICEF, que nos ha acompañado desde nuestra llegada.

Sami es un ejemplo de cómo la educación de uno de sus miembros puede cambiar la vida de una familia, aunque su trayectoria, desafortunadamente, se vio truncada cuando el marido de su hermana sufrió un accidente que le impide pescar y Sami, como tantos niños en Gabón, se vio obligado a dejar la escuela para dar de comer a su familia. Quiere seguir estudiando, pero ir a la escuela supone un gasto en material del que la familia no dispone, de hecho ni el resto de familiares pequeños ni prácticamente ninguno de los 30 que viven en la misma comunidad van al colegio. Son familias inmigrantes, en su mayoría nigerianos, que viven de la pesca. Se nota y se huele. Tienen para comer pero no dan el paso a pensar que la educación en los pequeños es tan básica como el trabajo en los mayores. Y la inmensa mayoría no tiene ni una cosa ni la otra. Dejamos el pueblo y volvemos a Libreville, nos esperan en el centrod´appel des Arcades, tutelado por el Ministerio de Trabajo. Es la línea verde, el teléfono de la esperanza para los menores víctimas de la trata, abierto de 8 de la mañana a 7 de la tarde ininterrumpidamente. El 77.00.99. está atendido por asistentes sociales, en cuya formación participa UNICEF. Desde que el servicio comenzó a funcionar hasta ahora el número de llamadas ha disminuido, no así el número de víctimas del tráfico. Según cuentan sus responsables, lo que ha ocurrido es que los traficantes actúan de manera bastante más encubierta. Los niños no están por la calle sino que trabajan en el interior de las casas. Por eso, tienen muy claro que deben continuar con las campañas de sensibilización, dando a conocer el servicio en todos los barrios. En el momento en el que reciben una llamada comienza el protocolo de actuación. Dan cuenta a la policía y los trabajadores sociales salen a buscar al menor, que en algunos casos se resiste; en otros se encuentran con que el traficante finge ser el padre. Una vez “rescatado” al menor, la mayoría de las detectadas son niñas, lo ponen en conocimiento de uno de los centros de acogida de Libreville. Allí el niño está mucho más cómodo porque se encuentra con otros niños en condiciones similares. Aunque llevan años con el servicio, cada caso encierra una historia complicada. La última, la de una niña de 11 años, de madre gabonesa y padre nigeriano, a la que encontraron paseando sola por las calles. Han visitado a la familia, pero ella no quiere volver a casa. Su hermano de tras años, está con sus padres.En Gabón, la trata está considerada un crimen, no un delito, penado por la Corte Criminal, pero es muy difícil que ésta se reúna y que los traficantes sean castigados. Tal vez si hubiera una represión masiva se conseguiría el efecto disuasorio, pero no la hay, y el problema, aunque encubierto, continúa existiendo. Además de formar a los trabajadores sociales, UNICEF financia sus viajes a los países de procedencia de los menores, para identificarles y hablar con sus contrapartes. La última visita, no menos interesante, la realizamos a una clínica de prevención de la transmisión vertical. La sala de espera está repleta de mujeres, solas, salvo una que está acompañada por su pareja. En Gabón, no es frecuente que los hombres acompañen a sus mujeres al centro médico, tampoco a lo que podría trasladarse como el ginecólogo. En la clínica, la única de estas características que existe en Libreville, gestionada por la ONG local MGBEF (Federación Internacional para la Planificación Familiar), realizan revisiones prenatales, test del VIH/SIDA y ofrecen a las mujeres asesoramiento, en caso de resultar positivas. “Es entonces cuando les pedimos que sus parejas vengan a la consulta -nos cuenta Obono Assoumou, la doctora responsable del centro-, y entonces sí suelen acompañarlas”. Desde marzo de 2008, cerca de 1.000 mujeres se han hecho el test y más de 100 han dado positivo. En la clínica les proporcionan el tratamiento, a precios hasta 8 veces más bajos que en el hospital. UNICEF colabora con ellos, al igual que con el resto de clínicas ubicadas en diferentes departamentos del país a través del apoyo al PMT a nivel gubernamental, además de financiar los reactivos y el tratamiento pediátrico. En la visita nos acompaña madame Noelle, la coordinadora nacional de PTME, que como nosotros lamenta que todo esto no haya podido filmarse y darse a conocer. Volvemos a la oficina para mantener un último briefing de despedida con el representante, también con el resto de compañeros. Ha sido una semana intensa, llena de sensaciones, que formarán ya parte de nosotras para siempre.