República Centroafricana: África tiene nombre de mujer

Post escrito por Marta Arias Robles, directora de Sensibilización y Políticas de Infancia UNICEF Comité Español

Acabo de volver de mi viaje a la República Centroafricana y siento que necesitaré algún tiempo para digerir todo lo vivido allí.
 
Han sido unos días intensos, en los que hemos conocido el sufrimiento, pero también la esperanza de una población golpeada por un conflicto al que todavía no se le vislumbra un punto final.
 
Repaso mis notas y me llama la atención comprobar que están repletas de nombres de mujeres. Niñas y mayores, cristianas y musulmanas, víctimas algunas y todas luchadoras infatigables.
 

República Centroafricana: las mujeres son luchadoras infatigables 

 
Niñas como Abiba, que ilustra en su desolación toda la vulnerabilidad de la infancia en la República Centroafricana. La conocemos en el hospital de Yaloke, una modesta instalación apoyada por UNICEF en la que se atienden casos de desnutrición.
 
Abiba sufrió junto con toda su familia uno de los múltiples ataques a los que ha sido sometida la población musulmana desde que se recrudeció el conflicto. En medio de la confusión perdió a su madre y ahora se resiste a comer, tiene fiebre y no se comunica. Tras mucho indagar se logró identificar a su madre en Boda y se están haciendo las gestiones necesarias para poderlas reunir lo antes posible, pero aún así su futuro permanece incierto, puesto que su comunidad todavía sigue en peligro y no pueden volver a casa.
 
En el mismo espacio de acogida temporal en el que se encuentra el resto de la familia de Abiba trabajan dos jóvenes abogadas centroafricanas, que pertenecen a la Asociación de Mujeres Juristas. Su misión primera consiste en prestar apoyo jurídico y psicológico a las mujeres afectadas por cualquier tipo de violencia, lamentablemente una realidad frecuente que se suma al conflicto político y religioso que asola al país.
 
Recorriendo las precarias instalaciones donde se hacinan los desplazados nos explican que, en la práctica, su trabajo va mucho más allá y acaban haciendo labores de todo tipo, incluyendo aspectos tan importantes como la sensibilización en torno a las medidas básicas de higiene, fundamentales para mantener a raya el riesgo de epidemias en una situación tan compleja.
 
De vuelta a Bangui y en una de nuestras últimas visitas conocimos a Manasé, que llama la atención por su tremenda dignidad en medio de otro espacio abarrotado de personas desplazadas que huyen de la violencia.
 

República Centroafricana: la malaria, principal causa de mortalidad infantil

En esta ocasión, Manasé es cristiana, pero comparte con Abiba y su familia el ser víctima inocente de una violencia irracional. Su marido murió durante los ataques del pasado mes de diciembre y desde entonces vive junto con sus 9 hijos y sus 5 nietos en el centro de desplazados de St. Saveur. Hasta allí acudimos para conocer el trabajo que se está realizando para asignar mosquiteras impregnadas de insecticida a todos los habitantes de Bangui. Puede parecer un asunto menor cuando aspectos tan básicos como la seguridad o la alimentación tampoco están garantizados, pero ese objeto tan básico marca la distancia entre la vida y la muerte en un país en el que la malaria es la principal causa de mortalidad infantil.
 
Manasé nos enseña orgullosa las mosquiteras que ha recibido (un total de 7, una para cada dos personas siguiendo el objetivo que se ha marcado UNICEF en este proyecto ambicioso). Le pregunto por qué las tiene guardadas en vez de instalarlas en sustitución de las actuales, que ya están ostensiblemente deterioradas, y contesta sin dudar: “estas son para cuando podamos volver a casa”.
 
África tiene definitivamente nombre de mujer, el de Abiba y Manasé, pero también el de Linda, Rahel, Tanya, Judit, Christine, Martina, Marion y un largo etcétera de compañeras incansables que forman parte del equipo desplegado en la República Centroafricana por UNICEF (un equipo en el que por cierto también hay hombres estupendos, incluidos los propios centroafricanos). Me impresiona su calidad y su compromiso, la tranquilidad con la que te cuentan las noches pasadas debajo de la cama por temor a ser víctimas de alguna bala o granada perdidas.
 
Me siento pequeña al lado de cualquiera de ellas.Víctimas inocentes de una violencia irracional. Pero me reconforta saber que hay algo que podemos hacer para que su esfuerzo no resulte en vano: no permitir que su lucha permanezca en el olvido.
 
Este post fue publicado originalmente en 20 minutos el 15 de julio de 2014