Crisis de Siria: la esperanza de Fatema

Post de Jorge Caravotta, Coordinador de Emergencias de UNICEF en Irak, publicado eelmundo.es.

Lo primero que me sorprendió cuando conocí a Fatema es que habla perfectamente inglés.

Era la primera vez en año y medio que interactuaba en ese idioma con un niño sirio, porque nosuelen hablarlo de manera fluida.Me contó historias sobre ella y sus cuatro hermanos, sobre sus padres. Pero no eran las anécdotas que esperas escuchar de un niño de 9 años.

Me explicó cómo se acostumbró a ver en las calles de su barrio, en Damasco, tanques y cañones. "Un día mis hermanos y yoestábamos jugando en la calle al lado de nuestro bloque y hubo una gran explosión en un edificio cercano. Nos cayeron encima trozos de cristal".

Fatema y uno de sus hermanos fueron enviados al pueblo de su padre para que estuvieran más seguros. Allí se reunió toda la familia un tiempo después, cuando su madre no pudo soportarlo más. "Mi madre no podía dormir, no podía descansar ni de día ni de noche por el miedo a los bombardeos y las explosiones en Damasco", recuerda Fatema.

No es extraño entonces que cuando le pedí que me hiciera undibujo me entregara un trozo de papel en el que había pintado un tanque con dos soldados que disparaban. Uno apuntaba a un edificio de casas con cortinas de colores; el otro, a un grupo depersonas asustadas, entre las que había niños.

Fatema llevaba en Damasco una vida normal. Su padre trabajaba como conserje. Su madre cuidaba a la hermana más pequeña. Los cuatro mayores iban a la escuela cada día. "Mis padres solían llevarnos al colegio y uno de ellos nos recogía a la salida".

Una escena que se repite cada tarde en las escuelas de todo el mundo. Pero en el caso de Fatema y sus hermanos era "por miedo a que nos secuestraran".

Seguir estudiando

Ahora toda la familia vive en Kawergosk, uno de los seis campos que hay en Erbil (Irak). Está habitado por 12.000 refugiados sirios.

Fatema, sus padres y sus hermanos tuvieron que huir de Siria cuando los bombardeos llegaron también al pueblo de su padre, donde éste había encontrado trabajo como conductor. "Buscábamos paz y seguridad", me contó ella, pero también "poder seguir yendo al colegio".

Y eso es lo maravilloso de Fatema: que pese a todo lo que ha visto, oído y sentido, me preguntó con entusiasmo cuáles eran los planes deUNICEF para instalar unaescuela en el campo de refugiados. Está orgullosa de haber terminado el curso escolar en el pueblo de su padre, cuando salió de Damasco, y quiere seguir estudiando en el campo. Ella tiene esperanza, y eso es futuro.

Pero no están solos. No deben estarlo. Las organizaciones que trabajamos dentro y fuera de Siria estamos para darles a ellos y sus familias el apoyo que necesitan, en forma de vacunas, deescuela, de libros, deropa de abrigo, de alimento terapéutico o de espacios seguros para jugar y reír por unas horas.

Porque mientras Fatema mantenga su esperanza, los niños de Siria todavía tendrán un futuro.