Crisis de Siria: cuando la guerra no es de juguete

Post de Blanca Carazo, responsable de proyectos de cooperación

El pelo repeinado hacia atrás, el gesto serio, y, entre las manos, una escopeta construida con trozos de madera. Un juguete. Samer (nombre ficticio) está listo para jugar a la guerra, ¿para jugar a matar?.

En una ciudad, Alepo, donde la guerra no es ningún juego, y en un país, Siria, donde desde hace ya tres largos años la violencia sacude sin miramientos la vida de Samer y de millones de niños y niñas, obligados a convivir con el dolor y el miedo, a abandonar sus casas y sus sueños y a contemplar como su mundo se derrumba bajo la metralla y las balas.

¿Tendrá una madre que tenga fuerzas para defender la  inutilidad de las armas?

Como una voz en “off” me escucho a mí misma diciendo: “No me gusta que juegues con armas”. ¿Se lo habrá dicho alguien a este niño? ¿Tendrá una madre, un padre, un tío, una maestra que aún tengan fuerzas para argumentar la inutilidad de las armas, y para defender la paz y el diálogo como vías para resolver las diferencias, cuando la violencia ha invadido sus vidas?

“Hay tiroteos y bombardeos todo el tiempo, al menos cuando yo estuve allí”- explica Niclas Hammarström, autor de esta y otras fotografías tomadas en Alepo – “pero la gente tiene que continuar con su vida normal.”

Siento escalofríos al pensar que “la vida normal” en la que Samer está creciendo incluye como lugar de recreo un solar destrozado por una bomba, como melodía de fondo el ruido de un tiroteo y como juguete preferido una escopeta de madera para defenderse o atacar.  Y me preocupa el punto en el que para estos niños “lo normal” sea la violencia, el miedo y la incertidumbre.

Me cuesta descifrar la mirada de Samer. ¿Qué habrán visto esos ojos oscuros? Hay una mezcla entre tristeza y resistencia, como si la ternura y la ilusión de ser niño estuvieran a punto de sucumbir ante una dureza necesaria para afrontar un mundo gobernado por la violencia.

Quiero pensar que encontraremos la manera, que no dejaremos que se pierda el brillo de la mirada de Samer y de millones de otros #niñosdeSiria, que seremos capaces de parar la barbarie y devolverles su derecho a estudiar, a crecer en paz, y a soñar con un futuro lleno de posibilidades.

Quiero pensar que no les escamotearemos la oportunidad de ser niños que puedan recuperarse del dolor y convertirse en adultos que construyan una sociedad mejor. Una sociedad en la lápices, cuadernos, balones, y bicicletas sustituyan a las escopetas (las de madera y, más aún, las de verdad).

Para empezar te propongo que, firmando aquí, unas tu voz a la de miles de personas en todo el mundo para  pedir el fin de la violencia contra los niños de Siria y sus familias.