Cómo salvar la vida de 137.000 niños

Post de Gonzalo Fanjul, publicado en el blog 3.500 millones de El País.com

Anthony Lake, Director Ejecutivo de UNICEF, describió en una ocasión la lucha contra la mortalidad infantil como un reto de “progresos considerables y tareas inacabadas”. Tras casi veinte años de avances históricos en los que regiones enteras han logrado reducir las muertes de los niños y de sus madres a niveles con los que generaciones anteriores solo podían soñar, la comunidad internacional se enfrenta ahora a una estrategia más fina, en la que los esfuerzos se concentran en los países y los grupos sociales más vulnerables.

Es difícil no ver el caso de Bolivia reflejado en esta fotografía. Desde el punto de vista de la supervivencia infantil, el país más pobre de América del Sur ha realizado un pequeño milagro en las dos últimas décadas. De acuerdo con los cálculos realizados en un informe que he elaborado para UNICEF y que se presenta hoy, la construcción y extensión de un sistema de salud materno-infantil basado en seguros sanitarios, programas de inmunización y ayudas a las familias ha permitido evitar la muerte de 231.000 bolivianos menores de 5 años entre 1990 y 2011.

Lo que es igualmente importante, Bolivia se asoma por primera vez en su historia a la posibilidad de un futuro libre de esta lacra medieval. De mantenerse el ritmo de avances de las últimas décadas el país podría alcanzar en 2035 el objetivo internacional de reducir la mortalidad infantil por debajo de los 20 por cada 1000 nacidos. Con ello salvaría la vida de cerca de 137.000 niños y se alinearía con los avances que ya ha realizado el conjunto de su región.

En ningún caso podrán hacer solos este esfuerzo. Los últimos gobiernos bolivianos han corregido en parte la injusticia fiscal que permitía a las compañías extranjeras acaparar el grueso de los beneficios de las industrias extractivas, lo cual ha incrementado la financiación propia de sus servicios sociales. Pero los recursos del Estado son aún tan insuficientes que la población pobre de Bolivia debe pagar de su propio bolsillo hasta un tercio de los gastos de salud. Las disparidades se multiplican en zonas especialmente vulnerables como las comunidades indígenas, donde los niveles de mortalidad infantil son tres veces más altos que la media nacional.

La responsabilidad última es de las autoridades nacionales, pero la ayuda internacional es doblemente imprescindible: apoyando el esfuerzo presupuestario del Gobierno con nuevos recursos y ofreciendo la orientación técnica y las buenas ideas que ayuden a optimizar cada céntimo contra la mortalidad infantil.

Si esto es cierto, las noticias de los últimos meses son preocupantes. Tras dos años consecutivos de caídas de la ayuda, cuando la crisis debilita gravemente las políticas de solidaridad internacional, Bolivia ha visto cómo cuatro de sus cinco donantes principales redujeron su cooperación en 2011, en algunos casos de forma considerable .

Para España -hasta ahora segundo donante en importancia tras EEUU- lo que está en juego es algo más que el prurito ético. Bolivia constituye un ejemplo ilustrativo del nuevo modelo de cooperación que precisan países de renta media, en los que la ayuda se convierte en una palanca de los recursos y las capacidades locales, una fuente insustituible de prestigio e influencia para el país donante, y una vía de financiación de bienes públicos globales como la lucha contra enfermedades olvidadas (a través del programa de Chagas).

Será muy difícil jugar este papel en Bolivia y en otros países si las capacidades de la Cooperación Española se siguen reduciendo hasta hacerla irrelevante. La caída total acumulada de cerca del 70% en los dos últimos años (un 65% en el caso de Bolivia) podría haber herido de muerte al sistema español de ayuda internacional. Los datos más recientes del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la OCDE señalan que el esfuerzo relativo de nuestro país en este campo ha caído al 0,15%, un nivel de hace 25 años. Esta deriva no solo debilita seriamente el liderazgo de España en la comunidad internacional, sino que amenaza los intereses de la política exterior en una región en la que la amistad de los gobiernos es menos predecible de lo que solía ser.[]