Camino a Dadaab - Tres historias que la arena no podrá enterrar

Por Manuel Moreno, especialista en comunicación

Hace veinte días, para ser exactos el lunes 18 de julio de 2011, Nour Manur y su esposa Howa Mohamed tomaron una decisión de la que dependerían sus vidas y la de sus cuatro hijos, emprender el largo camino a pie que separa su aldea en el sur de Somalia del país vecino Kenia, con la idea de cruzar la frontera en busca de asilo en Dadaab.

Ellos, como la mayoría en Somalia, ya habían oído hablar de Dadaab, que compuesto por tres campamentos -Hagadera, Ifo y Dagahaley- y albergando a más de 400 mil desplazados, se presenta como el campo de refugiados más grande del mundo. El área de Dadaab se levanta en un entorno semidesértico en el noroeste de Kenia, a 100 kilómetros de la frontera, y fue creado hace 20 años tras estallar la guerra civil en Somalia. Desde entonces, miles de cientos de personas, huyendo de los conflictos armados de toda la región de África Oriental, han ido llegando y asentándose. La decisión de partir a pie hasta Dadaab llevaba rondando las cabezas de Nour Manur y Howa Mohamed hacía varios meses. Los indicios de que la supervivencia se estaba haciendo imposible en Dansoor, localidad situada a casi 400 kilómetros de Dadaab, eran más que claros. A causa de la insoportable sequía, su pequeño huerto, que apenas dio maíz y otras verduras aquel año, estaba a punto de secarse y su rebaño, lejos de proliferar, fue menguando poco a poco. Bien es verdad que otros años habían sido duros, pero aquel lo estaba siendo especialmente. La sequía era implacable y el hambre y el temor por la guerra se hacían notar. Además, muchos de sus vecinos ya tomaron la misma decisión días atrás, abandonando sus tierras en busca de un futuro de esperanza. Por ejemplo, dos días antes, para ser exactos el sábado 16 de julio, Ibrahim Kushu junto a su mujer Ayan Nour y sus tres hijos Nour Ibrahim de 10 años, Abu Ibrahim de 6 años y Daher Ibrahim de 4 años, partieron rumbo al oeste dejando atrás sus tierras. Entonces, aquel día de hace veinte días, Nour Manur y Howa Mohamed, acompañados de sus dos hijas Munina de 4 años y Nima de 2 años, y sus dos hijos Abderraman de 8 años y Osman de 2 años, recogieron los pocos alimentos de los que disponían, embotellaron la escasa agua que podrían cargar durante el largo camino y empacaron sus pertenencias, para así emprender un viaje a pie que no sería más que el comienzo de un arriesgado periplo. Durante el camino, Nour Manur y su familia a veces tenían suerte y un coche les transportaba un pequeño trecho, pero la mayor parte del tiempo las distancias las tenían que hacer a pie. Una infernal travesía a Kenia donde, vulnerables frente a los soldados, a acosos y a los asaltos de bandidos, fueron pasando los días a menudo sin llevarse a la boca agua o alimento alguno. El día en que la pequeña Munina de 4 años cayó enferma llevaban recorridos 15 días de camino. Munina empezó a sufrir dolores de estómago insoportables, los músculos de las piernas apenas le respondían y le era imposible poder enderezarse para dar tan siquiera un simple paso. Se encontraban muy cerca de la frontera, quizás a un día o dos. Muy cerca de Dadaab, a cuatro días a pie desde la fronteriza ciudad de Liboi. Pero allí fue donde a Munina le abandonaron las fuerzas, apagándosele la vida poco a poco... Munina fue sepultada bajo un montón de arena por sus padres, su hermana y sus dos hermanos, a unos 120 kilómetros de Dadaab. Ese mismo día, hace cinco días, para ser exactos el domingo 31 de julio, en la capital de Somalia, Mogadiscio, resurgió el miedo a que una nueva oleada de disturbios armados tuviera lugar entre el Gobierno Federal de Transición y las milicias islamistas de Al Shabaab. A las afueras de Mogadiscio la joven Riyaq, madre de 3 hijos y dos gemelas de 7 meses, Riyaq y Damas, tuvo que tomar una decisión de la que dependería la vida de ella y la de su familia. El marido de Riyaq abandonó a su familia dos meses atrás y nunca más volvió o dio noticias. Por lo que Riyaq, sin esperanzas, sin dinero y sin familia en la capital, decidió que era hora de emprender el camino a Dadaab, buscando a alguien que se apiadara de ella y les llevara en algún medio de transporte. Apenas unas horas de distancia en coche de la frontera con Kenia, una de las gemelas de Riyaq, Damas, cayó gravemente enferma con una aguda diarrea… Riyaq era consciente de que si no se daban prisa en llegar a Ifo e ingresar en el hospital a la bebe, tendría pocas oportunidades de sobrevivir. Hoy, para ser exactos el sábado 6 de agosto, es el primer día de las cuatro semanas de misión con UNICEF en Dadaab. Por lo que tengo entendido un día común de sol, arena abrasadora y bofetadas intermitentes de polvo y viento en la cara… andar unos metros con una pequeña mochila es tremendamente costoso, las fuerzas se te escapan muy rápido, los pies se te hunden en la arena haciendo que a cada paso la respiración se haga más intensa, agotadora. Enfrente del centro de recibimiento de Ifo, donde se forman largas colas de recién llegados, conocí y entrevisté a estas tres familias, que forman parte de la media de 1.300 refugiados diarios que llegan a Dadaab. Cerca de 40.000 desplazados se han registrado en Dadaab en las mismas condiciones desde principios de junio. Llegan agotados, hambrientos y apenas con lo puesto. Un 80% de estos desplazados son mujeres y niños. Nada más llegar son registrados y auscultados por médicos para analizar su estado físico. Aquí reciben la primera ración de alimentos que les tiene que durar 21 días, así como utensilios de cocina básicos y mantas. Durante esos 21 días, a la espera de ser oficialmente registrados y convertirse en asilados, se asientan en el extrarradio de los campamentos, fabricándose cabañas con palos, cartones, plástico o cualquier otra cosa que les proteja del inclemente sol y el viento. Las condiciones en el extrarradio son terribles, la falta de servicios básicos se hace notar al igual que la falta de información general a dichos servicios de la población asentada. En toda la región del Cuerno de África, UNICEF calcula que serán necesarios 315 millones de dólares para ampliar las operaciones a lo largo de seis meses y poder llegar a los niños en las zonas afectadas por la sequía con asistencia preventiva y de emergencia. UNICEF se centra en el desarrollo de intervenciones integradas en los aspectos que atañen a la supervivencia y el desarrollo infantil y la organización y sus aliados están trabajando con las autoridades locales, enviando medicinas a centros de salud y suministros de nutrición, llevando a cabo campañas integradas de vacunación, facilitando el acceso a agua potable y a saneamiento y construyendo aulas provisionales en los extrarradios de los campamentos, entre otros proyectos que comenzarán en las próximas semanas. Las historias que los desplazados traen consigo son sobrecogedoras. Son las historias de los que no corrieron la suerte de llegar con vida a Dadaab. Son historias que nunca oímos y que quizás nunca conoceremos, pero que especialmente por ello nunca deberemos olvidar. Son por estas historias, por aquellos que en sus tumbas quedaron por el camino, que la comunidad internacional debe actuar y no doblegar sus fuerzas en la lucha por los derechos humanos y la justicia. Por desgracia, en el centro de recibimiento de Ifo no llegué a conocer a la pequeña Munina, ni a la mujer de Ibrahim Kushu, quien fue sepultada por su marido en presencia de sus tres hijos. Pero sí conocí a Dima, la preciosa bebe de la joven Riyaq, quien por suerte llegó a tiempo de ser tratada en el centro de salud de Ifo. No veo un final del conflicto en Somalia o un final inminente a esta emergencia humanitaria de la región -que tal vez no haya hecho más que empezar-, pero sigo en busca de esas historias tan frágiles y a la vez tan valientes que la arena no podrá enterrar.