derechos humanos

Menores y refugio: una visión en primera persona

Fecha: 
Vie, 11/06/2010 (Todo el día)
11/04/2011 | Actualizada a las 14:48h |
UNICEF España

Por Jimena Cañedo Portillo, Comunicación UNICEF España.

Cuando trabajas en una organización de Derechos Humanos como UNICEF, lees habitualmente historias de terreno sobre niños soldado, matrimonios prematuros y otras formas de maltrato infantil. Pero… es muy diferente cuando escuchas ese testimonio en primera persona.

 

Hacía tiempo que nada me llegaba tanto como los testimonios que escuchamos ayer en el trascurso del Congreso Internacional sobre Refugiados que tuvo lugar en Madrid, y en el que UNICEF participaba, junto a ACNUR, CEAR y otras organizaciones del sector. Comenzó contando su testimonio un joven iraní que tuvo la mala suerte de nacer en la época en que su país estaba en guerra contra Irak. De familia afortunada e hijo de un militar, contaba Arash (nombre ficticio), que durante esos tiempos en Irán, cuando cumplías 14 años, te quitaban el pasaporte para que no perdieras la oportunidad de servir a tu país como soldado. Por esta razón, cuando Arash  tenía 13 años, sus padres decidieron sacarle del país,  para lo cual prepararon un itinerario que pasaba por Turquía, hacia escala en España, luego pasaba por Canadá, y finalmente acababa en Estados Unidos donde el niño tenía familiares.  Tras Estambul donde estuvo un tiempo, el niño apareció solo en España con un pasaporte falso que afirmaba que había nacido en Quebec. Casi le sale bien la historia porque, según decía, en Irán le enseñaron bien inglés, pero a alguien se le ocurrió preguntarle algo en francés- idioma oficial de la provincia- y eso le delató. Pasó a la habitación de tránsito del aeropuerto, desde donde llamó a su padre para contarle lo ocurrido. El consejo que recibió de su padre fue que “se cortara las venas o lo que fuera”, con tal de que le llevaran a territorio español para poder pedir asilo. Tras estar varias veces a punto de ser deportado, llegando a estar subido en un avión pensando que era el final de sus días (el recibimiento de un desertor de vuelta en Irán no debía de ser muy agradable) finalmente pudo quedarse en España al cuidado de la Orden de la Merced. Imagino la presión que debió sentir ese niño, que no había cumplido los 14, en aquel avión, después de que sus padres se esforzaran por sacarlo del país, por darle una vida mejor. Después de aconsejarle que se autolesionara para conseguir salir de territorio internacional y cruzar algunos metros más hasta territorio español (que tus padres te recomienden eso debe de impresionar) el sentimiento de miedo, de final y de fracaso debe de ser aplastante. La parte buena es que los padres Mercedarios le dieron una buena educación. Consiguió una beca (estudiar una carrera sin el apoyo económico de nadie, es difícil) y acabó siendo ingeniero, con un buen puesto y, ahora está felizmente casado, a punto de ser directivo de una empresa. El segundo testimonio, el de un ex niño soldado de Angola fue impactante. Su camión fue asaltado cuando era niño y después de ver cómo los guerrilleros mataban a sus tíos se convirtió en esclavo de la guerrilla. Cuando se hizo mayor, tuvo la oportunidad de unirse a ella (y dejar así de ser pisado continuamente) así que lo aceptó. Contó la primera persona que mató…y luego vinieron más. No le gustaba esa forma de vida así que cuando se convirtió en un mando más alto, en vez de arrasar poblados enteros, sacaba cadáveres de las fosas comunes, les pedía a los del pueblo que les cambiaran las ropas y luego les dejaba huir. Esto llegó a los oídos de los altos mandos así que, después de convencer a sus hombres, todos se  entregaron para su rehabilitación. Estaba seguro de que nada les ocurriría, y así lo trasladó a sus hombres, pero en vez de eso, los fueron matando a todos delante de él permitiéndole vivir, para que delatara otros altos mandos de la guerrilla. “Me torturaron”, contaba. “Un día eran muy amables conmigo, al día siguiente me pegaban una paliza de muerte, al día siguiente como si nada…Me pegaron un tiro en un pié.” Y, como si no tuviera importancia, levantó una mano desde donde estaba y añadió “Y me cortaron un dedo.” La historia de cómo acabó en España sería demasiado larga. Pasó por Congo, de ahí a Marruecos y de ahí a España. “Ahora soy electricista – concluyó- estoy casado…Muchas gracias a todos los que me han ayudado.”

Relaciones