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Crear un entorno de apoyo para las madres y los recién nacidos

(Por S.M. la Reina Rania Al Abdullah de Jordania) Su Majestad la Reina Rania Al Abdullah de Jordania es Promotora Eminente de UNICEF para la infancia y una defensora infatigable de la protección de la infancia, el desarrollo en la primera infancia, la igualdad entre los géneros en materia de educación y la promoción de la autonomía de la mujer

En 1631, una bella emperatriz, Mumtaz Mahal, murió dando a luz a su decimocuarto hijo. Su esposo, abrumado por el dolor, hizo construir un monumento en su honor: el Taj Mahal, uno de los edificios más conocidos del mundo en la actualidad.

Y sin embargo, si bien las cúpulas y agujas del Taj Mahal se reconocen al instante, existe mucha menos conciencia de la tragedia que inspiró su creación.

Casi 400 años después de que Mumtaz Mahal perdiera su vida dando a luz, cada minuto de cada día aún muere una mujer por causas relacionadas con el embarazo o el parto: más de 500.000 mujeres cada año, 10 millones de mujeres por cada generación. ¿Cómo es posible que en nuestra era de avances tecnológicos y de milagros de la medicina no seamos capaces de proteger a las mujeres en su labor de perpetuar la raza humana?

La respuesta, claro está, es que si bien se han logrado avances asombrosos en materia de sanidad pública, los beneficios se han distribuido de forma muy desigual entre los distintos países y zonas geográficas, así como entre los distintos grupos sociales que los integran. Pese a que las causas de las complicaciones relacionadas con el embarazo y el parto son las mismas en todo el mundo, sus consecuencias varían drásticamente entre los distintos países y regiones. En la actualidad, la probabilidad de morir por causas relacionadas con el embarazo para una joven de Suecia es de 1 entre 17.400. Si se trata de una joven de Sierra Leone, la probabilidad pasa a ser de 1 entre 8.
Y por cada mujer que muere, hay otras 20 que se ven afectadas por infecciones o por lesiones graves. Se estima que cada año 75.000 mujeres enferman de fístula obstétrica, una afección física y psicológicamente devastadora que puede causar la exclusión social.

En términos de vidas de mujeres el coste es enorme. Pero no son ellas las únicas que sufren. Tal como un grupo de expertos manifestó durante una conferencia mundial sobre la salud de la mujer celebrada en 2007: “Durante los años de su vida reproductiva, las mujeres dan vida al mundo y a la sociedad de distintas maneras: dan a luz y crían a la siguiente generación, y son actores críticos del progreso en tanto que trabajadoras, dirigentes y activistas”. Cuando la vida de las mujeres termina prematuramente o se ven incapacitadas debido al embarazo o el parto, se precipita la tragedia. Los niños y niñas pierden a una madre. Los esposos pierden a una compañera. Y las sociedades pierden a un integrante importante y productivo.

Nuestro mundo no puede permitirse continuar sacrificando tantos seres humanos y tanto potencial. Sabemos lo que se precisa para prevenir y tratar la gran mayoría de los problemas relacionados con el embarazo, desde la eclampsia y las hemorragias hasta la sepsis, la obstrucción del parto y la anemia. De hecho, según la opinión expresada por el Banco Mundial, intervenciones básicas como la atención prenatal, la asistencia al parto por personal cualificado y el acceso de las mujeres y los recién nacidos a una atención obstétrica de emergencia podrían evitar casi tres cuartas partes de las muertes maternas.

Pero la ampliación de las intervenciones médicas no es más que una parte de la mejora de la salud materna y neonatal. Lo más importante es impulsar la promoción de la autonomía de la mujer en todo el mundo. ¿Cómo es posible que en un siglo que se caracteriza por la abundancia de información no contemos con datos precisos acerca del número de mujeres que cada año mueren dando a luz? ¿Por qué las muertes maternas se enumeran sólo parcialmente? Una razón posible es que en demasiados lugares las vidas de las mujeres no cuentan del todo.

Y mientras que la mujer continúe ocupando una posición de desventaja en el seno de la sociedad, la salud materna y neonatal continuarán resintiéndose. Pero si somos capaces de dotar a las mujeres de las herramientas necesarias para ejercer el control de sus vidas, podremos crear un entorno que brinde una mayor protección tanto a las mujeres como a la infancia.

La promoción de la autonomía de la mujer empieza con la educación, la mejor inversión que podemos hacer y que abarca desde garantizar que tanto las niñas como los niños asistan a la escuela primaria y enseñar a las mujeres a leer y escribir, hasta impartir educación pública sobre la salud. Aunque aún queda mucho por hacer, numerosos países comienzan a avanzar rápidamente en esta dirección. En Jordania, por ejemplo, estudiantes de enfermería de la Universidad de Jordania se están prestando como voluntarios para impartir formación a niñas en los colegios públicos acerca de cuestiones relacionadas con la salud femenina.

Un estudio tras otro muestra que las mujeres que han recibido una educación están más preparadas para ganar un sueldo con el que mantener a una familia, tienen más probabilidades de invertir en la atención sanitaria, la nutrición y la educación de sus hijos e hijas, y se muestran más proclives a participar en la vida ciudadana y a abogar por las mejoras en el seno de sus comunidades.

Asimismo, las madres que cuentan con una educación tienen más probabilidades de buscar atención médica adecuada para sí mismas. Según el Informe de los Objetivos de Desarrollo del Milenio 2007, “el 84% de las mujeres que han completado una educación secundaria o superior son atendidas por personal cualificado durante el parto, cifra que supone más del doble que en el caso de las madres que no han recibido educación formal”.

Los hijos e hijas de madres que cuentan con una educación tienen un 50% más de probabilidades de sobrevivir hasta la edad de cinco años y más, que los hijos e hijas de madres que no han recibido una educación o que no la han finalizado. En el caso de las niñas en particular, la educación puede significar la diferencia entre la esperanza y la desesperanza. Estudios realizados demuestran que los jóvenes que finalizan su educación primaria tienen menos probabilidades de contraer el VIH que los que no consiguen finalizar la escuela primaria.

Las niñas que cuentan con una educación tienen más probabilidades de casarse más tarde y es menos probable que se queden embarazadas cuando aún son jóvenes, reduciendo en consecuencia el riesgo de morir dando a luz siendo aún niñas ellas mismas. A medida que las niñas continúan su educación, aumenta su potencial de ganarse la vida, lo cual las capacita para romper las cadenas de la pobreza, que con demasiada frecuencia se perpetúan de una generación a otra.

En resumidas cuentas, cambiar la trayectoria de las niñas puede cambiar el curso del futuro. Y si estas niñas se convierten en mujeres que a su vez deciden convertirse en madres, contemplarán el embarazo y el alumbramiento como un motivo de celebración, y no de temor.


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ÍNDICE DEL ARTÍCULO

 

Estado Mundial de la Infancia 2009: Salud materna y neonatal

Crear un entorno de apoyo para las madres y los recién nacidos




Docuemntos

Resumen ejecutivo del informe | Resumen ejecutivo en catalán

Informe sobre el Estado mundial de la Infancia 2009: Salud materna y neonatal

 


Docuemntos

Galería de fotos

Conoce en imágenes la situación de la salud materna y neonatal en el mundo

 

Vídeo

Descubre los retos a los que se enfrentan millones de mujeres al ser madres en el mundo en desarrollo.

 

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