La hospitalidad mauritana y el cordero

11/04/2011 | Actualizada a las 14:44h |

Por Toté Moreno, Presidente del Comité de Castilla-La Mancha y Patrono de UNICEF España.

 

 

La carretera  que une Nouakchott con Aleg es una interminable línea recta de 250 kilómetros. Ya antes de salir de la ciudad nos damos cuenta que es mejor no mirar la carretera. Este es un país relativamente libre y democrático; y en la carretera lo de la libertad se lo toman al pie de la letra, vamos que conducen como les da la gana. Solventado el asunto de la conducción, sobre todo tras el primer susto con “pequeña salida” hacia un arcén inexistente incluido, dejamos que Hashem, nuestro simpático chófer, haga su trabajo y nos dedicamos a la contemplación del desierto mauritano. Nouakchott es una ciudad que cuenta con cerca de un millón de habitantes. Bueno, en realidad el tema del censo no está muy claro pero se calcula que la capital tiene entre 700.000 y ese millón de personas viviendo por sus calles. Aquí lo raro es encontrarse con edificios de más de dos o tres plantas por lo que la ciudad cuenta con unas dimensiones considerables. No son muchas las calles asfaltadas y todas acumulan en sus arcenes  importantes cantidades de arena del desierto. Del tráfico mejor no hablar que ya está todo dicho… sólo un apunte: si las bocinas de los coches funcionaran con pilas, los de Duracell se harían de oro… ¡Qué pesaditos con el claxon! Esa imagen, urbana a su manera, desparece nada más salir de la zona metropolitana. A ambos lados de la carretera van apareciendo pequeños asentamientos con unas cuantas cabañas construidas con los más diversos materiales, desde adobe a cemento y algo parecido a los ladrillos, hasta cañas, plásticos o planchas metálicas. No faltan las haimas que nos recuerdan que Mauritania fue, hasta no hace mucho, un conglomerado de tribus nómadas, sometidas a la colonización francesa e independiente desde 1960. Tras tres horas y media de camino llegamos a Aleg, la capital de Brakna. Antiguo fuerte francés, hoy es una localidad con unos 20.000 habitantes. Su calle principal, la única con algo parecido al asfalto, bulle de pequeños comercios y transeúntes. Tras la protocolaria visita a las autoridades locales, nos encontramos con los miembros de Tostan, ONG senegalesa que gracias a UNICEF y al Comité Español está llevando a cabo un increíble proyecto que ellos llaman “reforzamiento de capacidades comunitarias”. Pero detrás de tan anodino título se esconde un poderoso salto en el desarrollo económico, social y cultural de las pequeñas comunidades en las que se ha llevado a cabo. El programa tiene, no obstante, un objetivo muy claro y concreto: eliminar de la vida mauritana la terrible práctica de la mutilación genital femenina. Con un enfoque de derechos, con la participación de todos los niveles gubernamentales y asociativos posibles y con el absoluto protagonismo de la propia comunidad, el programa ha permitido mejorar los niveles de vacunación, de registro de nacimientos, de asistencia a consultas médicas, de atención a las mujeres embarazadas, de escolarización; ha posibilitado la creación de cooperativas de mujeres. Y ha conseguido crear comunidades que públicamente declaran estar libres de la mutilación genital femenina. Además, ese importantísimo logro se ha llevado a cabo con el consenso de toda la comunidad, incluidas aquellas mujeres que durante décadas agarraron una oxidada cuchilla para someter a las niñas de su poblado a la más cruel de las mutilaciones. Creo que ninguno de nosotros olvidará jamás la experiencia vivida en Bouhdida con una de estas comunidades. Y UNICEF estaba allí, en boca de decenas de mujeres que contaban abiertamente y con orgullo que gracias a ese trabajo hoy se sentía personas portadoras de derechos. La vida en Aleg es lenta o rápida según se la tome uno. No conviene ir con muchas prisas porque los 50 grados a la sombra no invitan a la velocidad en ninguna actividad. Aquí sólo corren las cabras cuando cruzan la carretera y escuchan acercarse a un coche a toda velocidad, porque camellos y vacas se lo toman con parsimonia y no parecen tener sus vidas en mucha estima. Por cierto, en Mauritania la amabilidad y la hospitalidad son una religión. En ese sentido tenemos mucho que aprender de este pueblo. Es normal llegar a cualquier casa por humilde que sea y que te agasajen con lo mejor de su despensa que normalmente es cordero. Aquí se come con las manos y sentados sobre alfombras alrededor de un gran plato. De segundo arroz, también con las manos.  Al final te vas acostumbrando… a lo que no tengo muy claro que me acostumbre es a  comer cordero a las dos de la tarde (invita la comunidad), a volver a comer cordero a las cuatro (invitación del responsable de educación de la región),  a cenar cordero (invitación de un amigo del bueno de Ahmed)  y, al día siguiente, a comer… lo adivinan…

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