Camino a Dadaab (Kenia)

27/07/2011 | Actualizada a las 15:13h |
Chris Tidey en el campamento de refugiados de Hagadera, en Dadaab

Post de Christopher Tidey, Especialista de Comunicación en Emergencias de UNICEF

Conducir los casi 100 kilómetros de carretera de arena de la frontera somalí a los campamentos de refugiados en Dadaab (Kenia), es como una odisea de otro mundo a través de un paisaje árido, aparentemente ausente de vida. El coche da sacudidas y virajes bruscos para sortear los cuerpos sin vida de los animales cuyos huesos han quedado blanqueados por el implacable sol. Las ramas desnudas de los árboles y los arbustos son las señales de tráfico que me indican que he llegado a la tierra de la sequía y la muerte.

Entonces les veo. Veo los colores brillantes de la ropa de las mujeres y los contornos de los bebés a sus espaldas. Veo a los ancianos y a las mujeres arrastrando los pies, sin la ayuda de un andador o de un bastón. Veo cómo los niños mayores ayudan a sus hermanos pequeños a seguir el ritmo del resto de la familia. Las expresiones lánguidas en sus rostros demacrados hablan de un meticuloso viaje a pie de cientos de kilómetros en busca de comida y agua. Todos ellos caminan por esta tierra echada a perder hacia lo que esperan sea su salvación. Muchos de ellos no lo lograrán.

Estos son los refugiados somalíes que buscan un alivio de la sequía y el hambre en su patria. Miles de personas que tienen la suerte de sobrevivir al viaje llegan diariamente a los campamentos de refugiados de Dadaab. Cerca de 40.000 han arribado desde principios de junio. Llegan agotados, hambrientos, muchos de ellos tras haber perdido a sus familiares en el camino.
 
Entre los refugiados, son los niños los que realmente reflejan el terrible sufrimiento humano que la sequía ha provocado. Con la hambruna ya declarada en dos regiones del sur de Somalia y los índices de desnutrición en niveles de emergencia en las regiones áridas y semiáridas de todo el Cuerno de África, casi 720.000 niños se encuentran en riesgo de muerte si no reciben asistencia urgente. En total, se calcula que 2.23 millones de niños de Etiopía, Kenia y Somalia sufren desnutrición aguda.
 
En el Centro de Estabilización Hagadera en Dadaab me encuentro con Abdile, padre de cuatro hijos. Uno de ellos, Aden, de tres años de edad, está recibiendo tratamiento para la desnutrición severa aguda.
 
"Debido a la sequía, hemos perdido todos nuestros cultivos y animales y nos quedamos sin nada para comer", señala Abdile. "Caminamos durante 25 días para llegar a Dadaab, en Somalia. Mi esposa murió en el camino, así que ahora tengo que cuidar solo a los niños".
 
Cuando Abdile y sus hijos llegaron al Centro de Estabilización Hagadera, Aden estaba al borde de la muerte. Al carecer de fuerzas incluso para tragar, fue trasladado al hospital del campamento para recibir tratamiento de emergencia. Eso fue hace seis días.
 
Sentado con Aden y con su padre ahora, puedo ver que está recuperando de nuevo las fuerzas. A través de la alimentación terapéutica proporcionada por UNICEF, la salud de Aden ha mejorado y ahora puede sostener su cabeza sin ayuda. Sin embargo, su recuperación es frágil. Su caso debe ser tratado con sumo cuidado por los médicos del hospital. Aden pesa apenas cinco kilos y sufre infecciones respiratorias y en la piel.    
 
"Cuando vi a Adén hace seis días, estaba preocupado de que no fuera lo suficientemente fuerte como para sobrevivir. Ahora estoy encantado al ver que su estado ha mejorado", dice Patrick Codjio, Especialista en Nutrición de UNICEF. "Cada vez que me voy del hospital después de ver a los niños con desnutrición grave, confío en que les volveré a ver, pero tampoco se sabe”.
 
El primer gran objetivo en el tratamiento de los niños desnutridos en los centros de estabilización de Dadaab es conseguir que sean capaces de alimentarse a sí mismos otra vez. Sentado en la cama del hospital junto a Aden, Mohammad, de tres años, acaba de conseguir esta hazaña. Resulta verdaderamente inspirador verlo.
 
Desafortunadamente, esta crisis está lejos de haber terminado. Es la peor crisis de seguridad alimentaria en África desde hace 20 años, y la peor en el mundo en la actualidad. Por cada Aden y Mohammad que sobrevivieron al viaje de Somalia, hay otros miles de niños cuyas vidas aún se pueden perder en el camino a Dadaab.
 

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