14/04/2011 | Actualizada a las 08:13h |

Diana Valcárcel, coordinadora de proyectos de comunicación de UNICEF España y Yolanda Romero, responsable de comunicación de UNICEF Comité Cataluña, escriben diariamente un Blog para la página web del periódico ABC Guerrier Miratson tiene una mirada triste y una sonrisa sardónica. Es alto y fibroso. Su rostro refleja la expresión de alguien que está de vuelta de todo, de alguien que ha vivido mucho.

Guerrier tiene sólo 13 años. El día del terremoto jugaba en la calle con sus amigos. Eran las 16:53 horas, pero no estaba en la escuela. El año pasado, antes del seísmo, ya no pudo asistir a clase porque, como se dice en Haití, Il n’avait pas les moyens. Una frase acuñada para indicar que no hay recursos para lograr un sueño. Y el sueño de Guerrier es ir a la escuela. Cuando le pedimos que escriba su nombre y su edad en una libreta, nos mira con una expresión de miedo y vergüenza. No sabe escribir. El 50% de la población de Haití no tenía acceso a educación, y l’evenement, como eufemísticamente se llama al terremoto, ha empeorado la situación. Lo que más le gusta es jugar con sus amigos. Un compañero saca de debajo de su camiseta una pelota de color granate hecha con restos de cuerdas liadas. El rostro de Guerrier se ilumina. Va a buscar dos piedras y construye una tosca portería. Se organizan dos equipos y, en menos que canta un gallo, empieza el juego. Guerrier habla de su día a día en el campo de desplazados. Dice que lo más duro es conseguir agua porque tiene que desplazarse hasta Pétion Ville y hay que cargar el agua. Pero aquí, como en otras muchas partes del mundo, son las niñas las que se encargan de esta tarea. Sueña con ver las calles de Haití limpias de escombros. Le gustaría borrar de su memoria la experiencia del terremoto con la misma goma de borrar que no tiene para ir a la escuela. Vamos con él a Morne Lazare, a Petion Ville, donde vivía antes del terremoto. La imagen es aterradora. De su hogar sólo quedan las ruinas de una vida: un amasijo de ladrillos y cemento revueltos con restos de ropas. De repente aparece un perro que se lanza hacia él con alegría. Su perro, antes del suceso.

De repente su rostro se ilumina con una sonrisa. En las escaleras que aún se mantienen entre las ruinas de su casa aparece otro niño vestido de rojo. Se trata de su mejor amigo: Ricardo Rocourt, de 12 años. A pesar de la fuerza destructora del seísmo, está claro que no ha podido destruir una cosa: la amistad.

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